domingo, 19 de junio de 2022

Jaguarzo blanco: las últimas flores de la primavera

"Como torrentes de montaña
hemos surcado el prado
desde fuentes cristalinas
hacia el mar lejano".

"Adoro un arroyo indolente" H. D. Thoreau

El sol brilla alto estos primeros días de Junio. El calor aprieta y las salidas por la Sierra Carbonera se endurecen. No hay sombras en esas alturas. Si bien los vientos procedentes del mar atemperan el ambiente, correr por los pedregales se hace duro.

Era domingo y no salí muy temprano con lo cual el recorrido realizado fue la mitad de la distancia planeada. Un viento fuerte de poniente peinaba los arbustos. Los gérguenes ya florecieron y muestran en su mayoría las vainas con sus semillas. Pero aún quedan arbustos en flor.

La Sierra Carbonera es el reino de las jaras, hay muchísimas especies de Cistus. No hace mucho identifiqué el jaguarzo negro y ahora tocaba el jaguarzo blanco. Son plantas muy bajas, con flores amarillas muy peculiares y características. Por la mata nada podría decir de la planta y por la flor no se me habría ocurrido que fuese un tipo de jara. Acostumbrada a esos pétalos, como de textura arrugada, del estilo de Cistus albidus.

Halimium halimifolium es el nombre científico de esta especie. Las hojas tienen una capa (indumento) de pelos escamosos y son blanquecinas. Las flores crecen en inflorescencias terminales y los pétalos amarillos a veces tienen una mancha en la base. En estos arbustos la mancha estaba muy marcada. La altura de las matas era baja y se extendían a ras de suelo, como es típico de las zonas azotadas por el viento.

Al parecer hay varias especies que desarrollan sus vidas en torno a esta planta. Una mariposa (Plebejus arjus) pone la puesta en su base y una hormiga (Lasius niger) la protege introduciéndola en sus galerías, creadas aprovechando los huecos de las raíces de la planta. La hormiga se alimenta del exudado que producen las orugas que se comen las hojas inferiores y más viejas del jaguarzo blanco, lo que ayuda a la planta a pasar la sequía estival. Coexistencia de especies para un mantenimiento del entorno eficiente. Redes, conexiones, la vida singular no tiene gran relevancia. La naturaleza es un todo lleno, una mezcla.

En la parte más alta de la Sierra a pesar de las tempestades florece con su potente amarillo el jaguarzo blanco. Notas de color, antes del verano que todo lo seca, en los pedregales. Una perdiz se lanzó al vuelo desde una de las matas sierra abajo. Mis pies cansados la siguieron, en busca del mar, el refrescante azul.

 


martes, 19 de abril de 2022

El aroma de la naturaleza: Drosophyllum lusitanicum

 “Quisiera tenderme en la cuneta,
derretirme y gotear por la nieve,
alma y cuerpo mezclados con la corriente,
también fluyo por los poros de la naturaleza”
El deshielo H. D Thoreau

En estos días de primavera, tras las fuertes lluvias, entre el barro y la floración, anduve por los senderos del Campo de Gibraltar. Corriendo. entre la fragancia de los gérguenes, unas veces saltando piedras, resbalando otras en el barro. Un paso detrás de otro, una respiración tras otras, en concordia con los ritmos de la naturaleza. 

Me cuesta ser concreta, elegir una sola especie, entre la amplia variedad que prolifera en estas fechas. Flores de todo tipo, aves migratorias, insectos, especies que dormían al invierno y despiertan a los días templados, a las lluvias vivificantes. Hojas que nacen verdes brillantes, pétalos que se abren a la reproducción, aves que se pintan de amor, el anuncio de nuevas vidas, seres que poblarán el futuro verano, que pisaran los senderos por primera vez, huellas que marcarán el futuro, el tiempo que se abre paso, ese fluir por los polos de la naturaleza del que habla Thoreau en su poema. 

Es difícil centrar la vista en otra parte que no sea el camino cuando vas corriendo por los senderos serranos. Una distracción puede costarte una caída. Iba concentrada en las rocas del camino, pero acabada una cuesta arriba, paré a respirar, coger el aire perfumado de estos días con fuerza.
Recupera las pulsaciones, el compás del corredor. Y entonces miré a mi alrededor. El amarillo de los guérguenes ocupaba la mayor parte del paisaje. Bajo ellos jacintos azules, cantuesos, margaritas y crisantemos, jaras blancas y rosas. Entre el amarillo, casi a ras de suelo, una flor llamó mi atención. Una nunca vista, de pétalos delicados. La mata era estrellada, con unas extrañas hojas peludas. La conocía por fotografías, pero nunca me había encontrado con ella. 

Se trata de
Drosophyllum lusitanicum, una planta única. Es endémica de la herriza o brezal mediterráneo del suroeste de la península ibérica y del extremo noroccidental de África. Es nuestra planta carnívora, una singularidad cuya mayor densidad de poblaciones se distribuye en torno al estrecho de Gibraltar. Esta peculiar habitante no sólo es rara por ser una planta carnívora, sino que dentro del conjunto de las plantas carnívoras del planeta es única. Por ejemplo la mayor parte de estas plantas crecen en suelos encharcados o saturados de agua, mientras que esta especie lo hace sobre suelos secos. La opción carnívora es para muchas plantas una adaptación a suelos de fertilidad escasa. Las raíces de esta planta no poseen las adaptaciones morfológicas adecuadas para extraer nutrientes del suelo y por eso los obtiene de los insectos que atrapa entre sus hojas. 

Nuestra especie tiene unas glándulas en sus hojas a través de las que secreta una sustancia azucarada que desprende un aroma dulce que atrae a sus presas, generalmente moscas y pequeños insectos. De hecho, encontré varias matas, unas cercanas a otras, y en todas ellas, pude observar como en las hojas habían atrapados diversidad de pequeños insectos alados. Para ingerirlos, las mismas hojas excretan unos enzimas digestivos a través de otras glándulas y éstos disuelven los tejidos de los insectos, que serán absorbidos por las hojas. Quedarán sólo sus exoesqueletos como fantasmas de aquellos seres que vinieron a estas hojas a morir. El aroma engañoso de la naturaleza, que da vida y muerte a infinidad de seres en una cadena interminable. 

Para acabar os dejo el enlace a un vídeo documental dedicado a esta especie, realizado por el departamento de Biología de la Universidad de Cádiz. Concretamente, el grupo de investigación FEBIMED.

Nuestra planta carnívora



domingo, 23 de enero de 2022

Las flores del invierno: narcisos silvestres

“Podríamos vivir bajo el rosal, salvajes como comadrejas, mudos y carentes de entendimiento. Yo podría asilvestrarme con toda tranquilidad”.  

Vivir como comadrejas Annie Dillard



Se suceden los días nubosos y las deseadas lluvias, quizás insuficientes para paliar la sequía que asola estas tierras. Las gotas de agua permanecen horas sobre las hojas, a punto de resbalar por los tallos o caer a la tierra mojada. Herbáceas húmedas por doquier y barrizales. Comienzan a florecer los brezos, de los gérguenes (
Calicotome villosa) comienzan a brotar las primeras hojas y los narcisos abren sus flores. Son blancas, como la nieve que jamás ha caído en estas zonas templadas. Lo más que veremos es el blanco brillante de las flores de los narcisos. 



Son plantas que esconden un bulbo bajo tierra y muestran unas hojas verdes, planas, largas y estiradas, como un matojo sin más. La Sierra Carbonera es rica en plantas bulbosas, son comunes las cebollas albarranas (
Drimia maritima), los gamones (Asphodelus albus) y los narcisos. Todos ellos muy similares en cuanto a forma pero claramente distinguibles por la flor. 



Era una mañana nublada, de las que me gustan para salir por los campos a correr. Me decidí por Portichuelos, por si llovía. Ya he recorrido estas sendas lloviendo en otras ocasiones y no albergan peligro. Conozco bien esas veredas y la playa nunca queda demasiado lejos ofreciendo una salida digna en caso de caída o algún otro problema. 



Fui a buen ritmo. Tan sólo me detuve a realizar las fotos de los primeros narcisos de la temporada. La zona se recupera del incendio del pasado verano. Este hábitat de matorral costero es resistente a los incendios. Las llamas pasan por los arbustos, carboniza las herbáceas secas, pero todo permanece latente. Las sabia de la vida se alberga en las raíces, en el calor, bajo tierra y desde allí como la vibración de un latido, un golpe súbito, surge una hoja y después otra y otra, hasta que el verde vuelve a poblar la tierra.



Estos narcisos que he fotografiado son de la especie
Narcissus papyraceus. En las zonas más elevadas inmediatas a la playa comienzan a florecer por estos días fríos y húmedos. Las gotas, como perlas brillantes, recorren sus pétalos en estos días de levante fuerte. El rugido del mar me acompaña todo el trayecto. Me detengo un instante en el quemado y hago las fotos. Respiro. Cojo aire y me lanzo a la carrera, sierra arriba, en donde el verde se vuelve más cenizo a la luz tenue de este día nublado. Oigo el mar y mis latidos. Esta mañana es como si fuésemos una misma respiración. 



miércoles, 12 de enero de 2022

Bufo calamita: el primer encuentro del año

Empiezo el año entre hogueras, a la búsqueda de luz/calor en las tardes oscuras y frías de enero. Tras el ajetreo navideño y en estos meses de pandemia me alejé del mundanal ruido en un viaje hacia las montañas cercanas. No son buenos tiempos para viajes lejanos así que toca recurrir a lo aledaño.

Es así como he pasado los primeros días del año en los campos cerca de Riogordo, en la comarca malagueña de la Axarquía. Allí, bajo las cumbres, en la noche helada se fraguó este encuentro.

Los anfibios me encantan, todos ellos, aunque tengo predilección por las ranas y los sapos. Suelen ser muy comunes en la inmediación de charcas, ríos y arroyos. Allá en las acequias, en las escorrentías. Seres que necesitan el agua, la hidratación continua en sus pieles resbalosas, habitantes de lo intermedio, de las orillas enfangadas, de la arena mojada.

Debían de ser las diez de la noche cuando paseaba por la finca bajo el cielo estrellado. Entre la hojarasca oí algo moverse. Luego lo vi, un ser que se movía en la oscuridad torpemente. No parecía ágil, ni rápido. Pensé en un erizo. Saqué el móvil de mi bolsillo, activé la linterna y pude verlo con claridad. Se trataba de un sapo corredor.

Por cómo se movía y por sus ojos verdes, supe que no era un sapo común. Investigando después di con la identificación de la especie. Ya había visto antes a los sapos corredores. Fue por las tierras utreranas, un día de barrizales en los que salí en la bici, allá hacia Los Molares, por unos caminos que hacían zigzags a los lados de un arroyo. Tierras llanas, campos de cultivo. La cosa es que ese día lo recuerdo soleado, recuerdo también ramas secas, pero había muchas charcas y zonas con barro. Debió de llover los días anteriores a mi salida. Fue una sorpresa encontrarme a miles de sapos corredores saliendo de las charcas. No de una ni de dos, sino de todas las que había en aquel trayecto de 8 kilómetros. Un espectáculo. En las charcas quedaban gusarapos, seres en transformación, pero otros acababan de desarrollar las patas y salían de las charcas y cruzaban los caminos. Miles de diminutos sapos corredores, recién formados, lanzándose a la vida terrestre. No sé si atropellé alguno, probablemente. Puse mucho cuidado en esquivarlos, pero eran muchísimos y tan sólo perceptibles cuando se movían.

Es increíble lo enorme que llegan a ser. El ejemplar que me encontré era como mi mano. Se trataba de una hembra, que es mayor en tamaño que los machos. Su vida es también larga, hasta los 17 años en las hembras, que parece que viven más que los machos. En cuanto a la distribución de la especie sabemos que habita toda Europa, desde España a Bielorrusia y Ucrania. Por el norte y en las regiones mediterráneas. Los adultos se alimentan de artrópodos, de larvas, de miriápodos y hasta de escorpiones, mientras que los renacuajos comen algas y detritos.

Pude observar aquel sapo un buen rato. Cuando le acercaba la cámara se movía tímidamente, probablemente molesto con la luz del flash, sin la cual era imposible hacer la foto en la oscuridad de la noche. Pero tan sólo andaba uno o dos pasos y se quedaba quieto. Así le pude realizar las fotos con las que ilustro la entrada al blog. Fue tan sólo un ratillo en el que nos encontramos, sus ojos verdes atravesados por una larga pupila negra y mi mirada curiosa. En vez de ver las estrellas, anduve mirando la tierra y sus seres agazapados en la oscuridad. En los días siguientes lo oí croar varias veces pero ya no volví a verlo. Seguía estando por allí, en la oscuridad, por alguna parte. Nunca estamos sólos bajo el cielo estrellado.



martes, 12 de octubre de 2021

La floración otoñal: el torvisco.

 “Necesitamos el tónico de la naturaleza salvaje, caminar cada tanto por marjales donde acechan el avetoro y el rascón, oír el grito gutural de la agachadiza, oler la juncia susurrante en la que sólo labran sus nidos los pájaros más salvajes y solitarios, allí donde el visón se arrastra con su abdomen a ras de tierra”. Walden, H. D. Thoreau.

Llegan las mañanas frescas y tras varios días de levante nuboso han florecido los torviscos en la Sierra Carbonera. Para mí tienen una fragancia característica pero es difícil de detectar. Hace ya tiempo que empezaron a florecer, pero en estos primeros días de octubre están ya todos en flor.

Aunque apenas ha llovido son de los pocos arbustos verdes que quedan tras el verano. Su nombre científico es Daphne gnidium L. Se trata de un arbusto ramoso de corteza parda que alcanza el metro de altura. Las hojas son estrechas y alargadas, un poco parecidas a las del laurel, por eso el nombre de Daphne (que es como se dice laurel en griego clásico). Fue Linneo el que escogió este nombre por el parecido.

Sus pequeñas flores blancas florecen en ramilletes y son las que me han dado la identificación del arbusto. Son muy numerosos por la Sierra y llevaba tiempo preguntándome de qué planta se trataba. Como no soy una experta en el tema, hasta que florecen no me atrevo a dar una identificación de una especie. Las flores me parecen un elemento determinante a la hora de la identificación.

Los torviscos, como otras muchas plantas de nuestro entorno, presentan dos floraciones, una en primavera y otra en otoño. Crecen por casi toda la península y sobre todo por la zona mediterránea en donde habitan desde las zonas costeras hasta los 1400 metros de altitud.

Es tóxica así que no es buena idea cogerla ni toquetearla, podría resultar irritante y además las flores se caen pronto de los ramilletes si los arrancamos.

Las fotos que he tomado son de dos paseos distintos. Uno por la parte de las antenas, la zona más alta de la Sierra Carbonera y la otra por Portichuelos, en donde se mantienen verdes a pesar del incendio de este verano.


Plantas duras, supervivientes que se adaptan a lo que hay, a pesar del fuego y de la sequía, se mantienen aún verdes presentando la floración otoñal. Implacables, cumplen su ciclo y proporcionan los primeros colores a la Sierra otoñal.

domingo, 25 de abril de 2021

Hábitats costeros: los altramuces en flor.

"Necesitamos ver nuestros propios límites sobrepasados y alguna forma de vida paciendo en libertad en donde nosotros no llegaremos nunca" Walden, H. D. Thoreau

En esta tierra de fronteras los hábitats se suceden de la orilla a la sierra. La costa se alarga por el levante y por el poniente en La Línea de la Concepción. Ando visitando la zona de Los Portichuelos, una costa salvaje, de las últimas que quedan, en peligro, por la construcción de una subestación eléctrica.

Ajena a su desaparición la vida florece en primavera. Más allá de las dunas veíamos a los gérguenes florecer (en la entrada anterior). En estos días lucen las vainas de su fruto y las flores han caído en su mayoría. Pero las floraciones se suceden y ahora son los altramuces con sus tonos azules los que colorean los caminos. 

Hay varios tipos de altramuces silvestres, unos son amarillos (estos crecen por la zona del Pinar del Rey en San Roque) y otros azules. De entre los azules los hay de varios tipos y este que nos encontramos por Los Portichuelos es el llamado vulgarmente altramuz peludo. Su nombre científico es Lupinos micranthus y las flores no son completamente azules sino que presentan la quilla blanca. 

Es muy frecuente en suelos ácidos y crece por todas partes en la segunda línea de costa, más allá de las dunas, en las laderas azotadas por el viento, entre pedregales, al borde de los senderos. Son matas bajas con las hojas peludas en forma de estrella. Este tipo de hoja tan característica la encontramos en todos los altramuces, hasta en los que se cultivan para su consumo. Hace años fotografié los campos de cultivo de altramuces por tierras utreranas. En alguna de las entradas de primavera pueden verse las imágenes. 

La mañana era soleada y fresca. Los días nubosos se suceden por estas fechas, en estas tierras marineras, así que hay que aprovechar los claros para salir. Ya no huelen tanto los gérguenes, pero sigue oliendo a primavera. Los abejarucos nos sobrevolaban a ratos, pero no llevo la cámara en estos paseos. Voy corriendo por los senderos y es demasiado aparatosa y pesada. Las fotos están tomadas con el móvil y no me puedo permitir fotos en la distancia. 

Muchos son los colores de la primavera: azules, morados, blancos, rosas, amarillos e infinidad de verdes. Amén de los tonos tierra, de las areniscas y las calizas. Del mar y los cielos, de la espuma de las olas. Con uno de estos paisajes despido la entrada.



lunes, 15 de marzo de 2021

Huele a primavera

“Que el mediodía te encuentre en la orilla de otros lagos y allá donde te atrape la noche siéntete como en casa. No hay campos más amplios que éste, ni juego al que merezca más la pena jugar”. Walden. H.D. Thoreau


Florecen los gérguenes por el Estrecho de Gibraltar. Notas de color amarillo en los campos de matorrales costeros, más allá de las dunas y la cálida arena de la playa. Su olor dulce representa por estas tierras el olor a primavera. Como el azahar por las tierras sevillanas.

Las gaviotas sobrevolaban estos caminos. Una perdiz asomaba al perfil de una roca, a contraluz y una curruca cabecinegra cantaba estridentemente entre los arbustos.

Así es el paisaje de Los Portichuelos, hoy una zona en riesgo inminente de desaparición. Se proyecta una subestación eléctrica en estas tierras, aunque el pueblo de La Línea de la Concepción se niegue y lo haya recurrido.

Calicotome villosa es el nombre científico de esta especie. En mi familia siempre los hemos llamado por su nombre común: gérguenes, aunque el “Atlas Clasificatorio de la flora de España peninsular y Balear”, obra de Mariano García Rollán, lo escribe hérguenes con h. Siempre lo he pronunciado con g, ni siquiera con h aspirada, así que lo escribo así: gérguenes.

Se trata de un arbusto muy común por esta zona. Puede llegar a medir hasta dos metros de altura y suele haber muchos juntos. Es muy espinoso lo que lo convierte en impenetrable. Si no hay caminos y se va por campo abierto hay que ir rodeándolo. No es sólo una especie característica del matorral costero, sino que su distribución es mucho más amplia, habitando cualquier terreno pedregoso y estando presente en casi cualquier tipo de matorral.

En las zonas costeras se da un hábitat intermedio que conforme se aleja de la costa se convierte en sotobosque. Es un hábitat de transición que alberga numerosas especies vegetales y animales. Siempre me han encantado este tipo de hábitats en donde no hay árboles. Tan sólo arbustos azotados por el viento, más allá del alcance de las mareas pero al alcance de las brumas marineras. Tierras de arena y roca, pedregales verdes que parecen poca cosa, pero que están muy vivos. No es un bosque, ni la arena seca de la orilla. Es la bella costa intermedia.

En estos días de primavera ya florecen en ella los arbustos. Los brezos, los romeros, las jaras, las retamas, etc. Pero el único olor que predomina es el de los espinosos gérguenes. El año pasado nos perdimos la primavera con el confinamiento, pero este año no hay quien me pare por esos campos del Campo de Gibraltar que hoy habito.