“Tal vez podamos dejarnos conmover por la más poderosa de las suposiciones -hasta la certeza incluso- cuando nos hallamos bajo los pétalos de rosa del sol y oímos el murmullo de una brisa no más intenso que el rumor que emite cuando dormita bajo las alas de la abeja. También eso, sugiero, es tiempo, y digno de referirse”.
Mary Oliver, Vita Longa
Los días de verano son largos, el sol aparece temprano y se demora en irse. Eso hace que también sean calurosos y que salir a hacer deporte bajo el peso del sol sea agotador.
Hacía poco viento esa mañana y decidí explorar unos caminos paralelos a la línea de costa, por detrás de los sistemas dunares. En la transición, donde las dunas acaban y empieza la sierra. Hay algunos árboles por ahí plantados, eucaliptos sobre todo, porque esos carriles son usados también dentro de lo posible como caminos de acceso en coche hasta la playa y la sombra de los árboles se usa como zona de parking.
Me pareció que serían caminos un poco más sombríos que los de la sierra, y por ello no estaría expuesta al sol directo en algunos tramos y eso si vas corriendo en estas fechas es algo a tener en cuenta. El sol era cegador porque una ligera bruma marítima brillaba de forma un tanto incómoda. Los pastos y la vegetación dunar estaba principalmente seca y los tonos anaranjados y marrones predominaban en el paisaje: tonos arena, hoja seca, piedra.
Entre tanto secarral encontré siemprevivas en flor (Limonium sinuatum (L.) Mill). Antes por estas tierras había muchas matas. Pero es que hacía años que no transitaba por estos carriles y ni siquiera sé dónde están las matas, ni que ha sido de ellas en tanto tiempo. Encontré dos matas tan sólo, tampoco iba andando sino en un trote que me obligaba en algunos tramos pedregosos a centrar la mirada en exclusiva en el suelo que pisaba.
A la vuelta, en una de las matas decidí parar a hacer unas fotos de las flores de siempreviva y entonces algo se movió en el visor de la cámara del móvil y me pegué un gran susto, porque era como si una rama hubiera cobrado vida. ¡Y vaya vida! Se trataba de una mantis palo, una Empusa pennata, que medía unos 10 centímetros y que había tomado por un tallo de la mata.
Se trataba de una hembra en fase adulta. La Empusa pennata en un ser que sufre muchas transformaciones a lo largo de su vida, mostrando aspectos distintos en sus distintas etapas y además hay diferencias entre machos y hembras. Un ser grande, perfectamente camuflado que vive bajo el peso del sol. Como la única planta con tallos ligeramente verdes era la siempreviva pues ahí estaba alojada la inquilina.
En la naturaleza a veces ocurre así, encuentros fugaces con seres distintos, cuyas vidas parecen ajenas, sorpresas bajo el sol, y después seguimos corriendo, nuestros pasos unos delante de otros, por el sendero hacia el coche. No cambia nada esencial de nuestra vida rutinaria, continuamos viviendo igual pero con la vivencia de este encuentro. La mayor parte de nuestra vida discurre así, es un tiempo sin palabras, de observación de hechos, de mirada al mundo, de descubrimiento de lo que se despliega ante nuestros ojos. No son momentos de acción, ni momentos en los que la palabra sirva de nada, sea determinante, sin diálogo externo, pero son tiempo. Y como dice Mary Oliver: tiempo, digno de referirse.

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