domingo, 25 de abril de 2021

Hábitats costeros: los altramuces en flor.

"Necesitamos ver nuestros propios límites sobrepasados y alguna forma de vida paciendo en libertad en donde nosotros no llegaremos nunca" Walden, H. D. Thoreau

En esta tierra de fronteras los hábitats se suceden de la orilla a la sierra. La costa se alarga por el levante y por el poniente en La Línea de la Concepción. Ando visitando la zona de Los Portichuelos, una costa salvaje, de las últimas que quedan, en peligro, por la construcción de una subestación eléctrica.

Ajena a su desaparición la vida florece en primavera. Más allá de las dunas veíamos a los gérguenes florecer (en la entrada anterior). En estos días lucen las vainas de su fruto y las flores han caído en su mayoría. Pero las floraciones se suceden y ahora son los altramuces con sus tonos azules los que colorean los caminos. 

Hay varios tipos de altramuces silvestres, unos son amarillos (estos crecen por la zona del Pinar del Rey en San Roque) y otros azules. De entre los azules los hay de varios tipos y este que nos encontramos por Los Portichuelos es el llamado vulgarmente altramuz peludo. Su nombre científico es Lupinos micranthus y las flores no son completamente azules sino que presentan la quilla blanca. 

Es muy frecuente en suelos ácidos y crece por todas partes en la segunda línea de costa, más allá de las dunas, en las laderas azotadas por el viento, entre pedregales, al borde de los senderos. Son matas bajas con las hojas peludas en forma de estrella. Este tipo de hoja tan característica la encontramos en todos los altramuces, hasta en los que se cultivan para su consumo. Hace años fotografié los campos de cultivo de altramuces por tierras utreranas. En alguna de las entradas de primavera pueden verse las imágenes. 

La mañana era soleada y fresca. Los días nubosos se suceden por estas fechas, en estas tierras marineras, así que hay que aprovechar los claros para salir. Ya no huelen tanto los gérguenes, pero sigue oliendo a primavera. Los abejarucos nos sobrevolaban a ratos, pero no llevo la cámara en estos paseos. Voy corriendo por los senderos y es demasiado aparatosa y pesada. Las fotos están tomadas con el móvil y no me puedo permitir fotos en la distancia. 

Muchos son los colores de la primavera: azules, morados, blancos, rosas, amarillos e infinidad de verdes. Amén de los tonos tierra, de las areniscas y las calizas. Del mar y los cielos, de la espuma de las olas. Con uno de estos paisajes despido la entrada.



lunes, 15 de marzo de 2021

Huele a primavera

“Que el mediodía te encuentre en la orilla de otros lagos y allá donde te atrape la noche siéntete como en casa. No hay campos más amplios que éste, ni juego al que merezca más la pena jugar”. Walden. H.D. Thoreau


Florecen los gérguenes por el Estrecho de Gibraltar. Notas de color amarillo en los campos de matorrales costeros, más allá de las dunas y la cálida arena de la playa. Su olor dulce representa por estas tierras el olor a primavera. Como el azahar por las tierras sevillanas.

Las gaviotas sobrevolaban estos caminos. Una perdiz asomaba al perfil de una roca, a contraluz y una curruca cabecinegra cantaba estridentemente entre los arbustos.

Así es el paisaje de Los Portichuelos, hoy una zona en riesgo inminente de desaparición. Se proyecta una subestación eléctrica en estas tierras, aunque el pueblo de La Línea de la Concepción se niegue y lo haya recurrido.

Calicotome villosa es el nombre científico de esta especie. En mi familia siempre los hemos llamado por su nombre común: gérguenes, aunque el “Atlas Clasificatorio de la flora de España peninsular y Balear”, obra de Mariano García Rollán, lo escribe hérguenes con h. Siempre lo he pronunciado con g, ni siquiera con h aspirada, así que lo escribo así: gérguenes.

Se trata de un arbusto muy común por esta zona. Puede llegar a medir hasta dos metros de altura y suele haber muchos juntos. Es muy espinoso lo que lo convierte en impenetrable. Si no hay caminos y se va por campo abierto hay que ir rodeándolo. No es sólo una especie característica del matorral costero, sino que su distribución es mucho más amplia, habitando cualquier terreno pedregoso y estando presente en casi cualquier tipo de matorral.

En las zonas costeras se da un hábitat intermedio que conforme se aleja de la costa se convierte en sotobosque. Es un hábitat de transición que alberga numerosas especies vegetales y animales. Siempre me han encantado este tipo de hábitats en donde no hay árboles. Tan sólo arbustos azotados por el viento, más allá del alcance de las mareas pero al alcance de las brumas marineras. Tierras de arena y roca, pedregales verdes que parecen poca cosa, pero que están muy vivos. No es un bosque, ni la arena seca de la orilla. Es la bella costa intermedia.

En estos días de primavera ya florecen en ella los arbustos. Los brezos, los romeros, las jaras, las retamas, etc. Pero el único olor que predomina es el de los espinosos gérguenes. El año pasado nos perdimos la primavera con el confinamiento, pero este año no hay quien me pare por esos campos del Campo de Gibraltar que hoy habito. 



lunes, 8 de febrero de 2021

Días de febrero: La margarita menor

 "Fui a los bosques  porque quería vivir deliberadamente, enfrentándome sólo a los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido”. Walden, H. D. Thoreau

Pasan los días del año, frescos y húmedos. Seguimos por San Roque con el confinamiento perimetral desde principios de Enero y esto me obliga a centrarme en los paisajes locales. Hacía años que no iba por el Pinar del Rey, incorporado no hace mucho al parque natural de los Alcornocales.

Este pinar es un paisaje un tanto artificial, se plantó en el siglo XIX para la industria de la madera que se venía demandando para la construcción de navíos. Pero una vez abandonado su uso madedero ha ido generando un bello sotobosque con coscojas, jaras, helechos, y pequeños alisos (de entre lo que he identificado).

Fue una tarde sombría, los días nublados son muy típicos por esta zona y confieso que me he pasado años echándolos de menos, porque en la campiña utrerana eran raros, allí brillaba el cielo azul casi todos los días. Pues desde las navidades se suceden los días nublados, oscuros, y allá bajo los pinos más sombríos aún. Lo cual es una dificultad para realizar fotografías, al menos con el móvil. No he tenido muchas ganas de andar cargando con la cámara. Estoy explorando la zona, andando o corriendo, depende del día por los senderos que son liosos y que todavía no conozco bien.

Como decía, era una tarde sombría, la condensación de agua en las copas de los pinos hacía que a ratos lloviese entre ellos. Estaba todo muy verde, pero la primavera ya se anunciaba. Las primeras flores en abrir han sido las margaritas. Esta variedad en concreto (Bellis) está floreciendo en los márgenes de los senderos y proporciona unos tonos blancos al paisaje. Las flores son muy pequeñas y tienen muchos pétalos o lígulas blancas y el capítulo con disco amarillento. La tarde estaba tan sombría que muchas de ellas estaban cerradas, como pequeños puntos blancos un tanto imperceptibles entre el verde. Flores engullidas por el verde.

En cuanto a la especie concreta, siguiendo el “Atlas Clasificatorio de la flora de España peninsular y Balear” (García Rollán) me decanto por Bellis sylvestris. Ampliando las fotos me parece observar que las hojas tienen más de un nervio. Adjunto la foto de la página en donde se explica y aparece un dibujo de la hoja. Recomiendo a toda persona interesada en la botánica adquirir este libro. Se trata de una clave botánica en dos volúmenes imprescindible para conocer la flora peninsular.

Más allá de la identificación de la especie, deseo que esta entrada presente el anuncio de la primavera, con esas flores tempranas que empiezan a colorear los campos. La naturaleza continua, el tiempo pasa y las estaciones, a pesar de nuestros aconteceres. Todo cambia en la naturaleza y nosotros también cambiaremos.






miércoles, 13 de enero de 2021

Erodium cicutarium: los alfileres del pastor

 “Crece salvaje de acuerdo con la naturaleza, como esos juncos y helechos que jamás se convertirán en heno inglés”.

Walden, H. D. Thoreau

Hay pocas entradas de enero en el blog. Un mes de grandes cambios en la naturaleza, porque a pesar de los días fríos comienzan las nuevas floraciones, esas que anuncian la primavera. El invierno apuntando a su final, febrero está ya a la vuelta de la esquina. La naturaleza es implacable, su ritmo inhumano.


Cuando era pequeña por estas fechas solíamos ir a coger espárragos y era muy común encontrar esta hierba a la que nosotros llamábamos relojitos, aunque es más conocida como alfilerillos o alfileres de pastor. Los nombres comunes varían de una zona a otra y por ello no sirven para identificar una especie. Las personas amantes de la botánica bien lo sabemos y por ello se consensuaron una serie de nombres “científicos”. Erodium cicutarium es el de esta especie. Sin entrar en más, el nombre podría alargarse y llevar por ejemplo el apellido del descubridor, es decir de quien estableció la especie y hasta la fecha en la que lo hizo. Pero como esto no es un artículo científico sino la entrada a un blog de naturaleza nos quedaremos con la versión corta.


Poco sé sobre esta especie, crece entre las hierbas que por estos días proveen a los descampados de un verde intenso. El verde salvaje, brillante bajo el sol, que exuda gotas de agua tras estos días de intensas lluvias. Verde invasor de las aceras, de los setos, de los claros de bosque, de los parques y descampados urbanos. Crece entre las hierbas como digo y tiene un flor morada, pequeña, con cinco pétalos y como no, el extraño fruto afilado, el llamado alfilerillo. Cuando se seca se retuerce como un muelle y es por eso que nosotros lo llamábamos relojitos. Mi abuelo los arrancaba y me los colocaba en la camiseta. Conforme se iban secando, se iban moviendo, retorciendo, como las agujas de un reloj. A mí me gustaba especialmente, me parecía algo mágico. Sorpresas de la naturaleza.


Caminando por los senderos de la infancia encontré los alfileritos y quise dedicarles una entrada. Regalos del verde salvaje que crece incontenible más allá de lo humano y que seguirá creciendo a su ritmo imparable más allá de nuestro tiempo. Es pretencioso y soberbio intentar salvar la naturaleza. Es ella quien nos salva o debemos salvarnos en ella.




martes, 29 de diciembre de 2020

Clematis cirrhosa: la floración invernal

“La vida que hay en nosotros es como el agua de un río. Este año podría haber crecidas como el hombre no ha conocido e inundaciones en las sedientas tierras altas, incluso podría ser el año memorable en que se ahoguen todas nuestras ratas almizcleras. No siempre  estuvo seca la tierra que habitamos. Veo tierra adentro las orillas que la corriente lavaba antaño, antes de que la ciencia comenzara a registrar sus riadas”.

Walden, Henry David Thoreau.

Los días se acortaron hace tiempo y el frío ha llegado muy lentamente. Poco a poco los cielos soleados han ido disminuyendo en pos de los nublados. Entre temporales de viento,  tras otro confinamiento menos drástico, otro cambio de residencia, vuelvo a la naturaleza.  Atrás ha quedado el azul turquesa del atlántico conileño y me hallo inmersa en el mediterráneo, en el estrecho de Gibraltar: mar azul añil, espesas nubes, roquedos grises, graznido de las gaviotas.

Mis primeras salidas han sido a la Sierra Carbonera en donde me he encontrado con la típica vegetación costera mediterránea. No he ido con mi cámara de fotos pues es pesada y he ido corriendo, ando explorando rutas. Así que las primeras fotos de esta andadura son de plantas y están realizadas con el teléfono móvil.

Fue un goce encontrarme a la Clematis cirrhosa en flor. Salí esa mañana a pesar del mal tiempo. Llovía a ratos y el día era bastante gris. Pero me encantan las salidas con mal tiempo: el barro, las hojas mojadas, sentirme empujada por el viento. Como decía la Clematis estaba en flor y a la tenue luz del día brillaban mojadas y su color marfil las hacía resaltar bastante sobre el paisaje verde de espinos perennes.

Se trata de una enredadera que crecía sobre otras plantas como lentiscos, o acebuches. Había muchas por la zona. He realizado la foto de una que crecía sobre algún arbusto de hoja caduca en donde puede verse muy bien y claramente. Crece por todo el litoral costero mediterráneo de Andalucía. Por la parte del sur de Portugal y el atlántico andaluz también se encuentra.

Las flores marfiles colgaban al viento mojadas abriéndose en los días invernales. No todo es primavera, también hay colorido en los días grises y cortos.

Con algunos de los paisajes de esta mañana lluviosa, desde la Sierra Carbonera, despido la última entrada de este año de tantos cambios y tantas historias que no quedaran en el olvido.




jueves, 27 de agosto de 2020

Entre las dunas: azucenas de mar.

“Me gusta ver que la naturaleza está tan llena de vida que permite el sacrificio de miríadas enteras y tolera que los unos sean presa de los otros, que organismos tan frágiles puedan ser borrados tranquilamente de la existencia, aplastados como pulpa, renacuajos engullidos por garzas, tortugas y sapos reventados en el camino, ¡y que eso haga que a veces llueva carne y sangre! Debemos asumir la ínfima importancia que tiene un accidente. El sabio sabe ver en todo esto la inocencia del universo. El veneno no es venenoso, no existen heridas fatales. La compasión carece de fundamento. La naturaleza debe ser expeditiva, no hay lugar para ruegos estereotipados”. Walden. Henry D. Thoreau.


El verano discurre por las tierras conileñas azul turquesa. Sol, viento y océano. Dunas, arena volátil y lagunas mareales. Salitre. A pesar de la pandemia, de la desescalada y de los nuevos rebrotes: acaeceres de los humanos. La naturaleza implacable.

Todos mis paseos son a pie, corriendo por los carriles de la playa de Castilnovo, última playa medio salvaje de este litoral costero. Esta forma de acceso me impide cargar con mi cámara de fotos, que pesa bastante y no es cómoda para realizar con ella actividades deportivas. Así que utilizo la cámara del teléfono móvil que llevo en una riñonera junto con las llaves. Me desplazo por las dunas ligera de equipaje.

No es buena cámara para realizar fotos de aves: hay gaviotas reidoras con el plumaje estival, alguna aguja colinegra, los correlimos siempre presentes, se oyen alcaravanes al atardecer. Pero nada de eso puedo captar, así que para esta entrada me he decidido por una planta muy especial, que toda persona asidua a las playas, seguro que ha apreciado, por su belleza y por su olor que impregna los paisajes marinos.


Se trata de Pancratium maritimum, más conocida como azucena de mar. Es una plata bulbosa muy habitual en las playas, tanto atlánticas como mediterráneas de la península ibérica. Con unas enormes flores blancas que huelen muy bien y que por estas fechas se encuentra en plena floración.


Al atardecer, cuando el sol está por caer tras el horizonte marino, cuando las aguas se tornan oscuras (azul añil), salgo a correr por los carriles de Castilnovo. A veces, si la marea está baja, atravieso las lagunas y corro por la orilla; otras veces, sólo me desplazo por los carriles, entre embriagantes azucenas de mar. Un aroma tan característico que tan sólo de pensar en la playa se hace presente. Y este año tan extraño se manifiesta en forma de paz y equilibrio más allá del muy mundanal ruido de la pandemia, se manifiesta como vida frente a la necrofilia de estos tiempos. Espero que estas pobres imágenes, pues un móvil no da para mucho, sepan expresar algo de ese amor a la vida que persiste ahí fuera.



jueves, 9 de julio de 2020

Habitantes de las arenas: Scarites


“Podéis fundir vuestros metales y verterlos en los más bellos moldes, jamás me conmoverán como lo hacen las formas que arroja esta tierra deshecha, y no sólo ella, sino también los organismos que sobre ella asientan, tan maleables como la arcilla en manos del alfarero”.

Walden, Henry David Thoreau


Tras los días del confinamiento volví a la naturaleza y me vi inmersa primero en el azul turquesa del atlántico conileño por estas fechas. Tras días de sol y playa pasé a las dunas y es con los habitantes de las arenas con los que me hayo en conexión en estos extraños días. He estado poco tiempo en casa y por eso escribo la entrada con retraso, las fotos han sido tomadas en Junio.

Como digo, fue a principios de Junio que volví a correr por el sendero que recorre la playa salvaje de Castilnovo. Con sus dunas, sus lagunas saladas y su onmipresente torre en donde por cierto una familia de ibis eremitas se abre paso.

Estos escarabajos que he fotografiado aparecieron por esos días en gran número por las arenas. Al principio pensé que se trataba de algún tipo de ciervo volante y empecé a buscar por la familia Lucanidae. Craso error. No se trata de un escarabajo de ese tipo. Y la verdad es que estaba bastante perdida. Así que puse la foto en un grupo de entomología del facebook y rápidamente me orientaron acertadamente a Scarites: familia Carabidae, subfamilia Scaritinae.


Por la zona geográfica: Conil de la Frontera y el hábitat de dunas creo que se trata de Scarites (Scallophorites) cyclops Crotch, 1871. Poco es lo que conozco de la vida de estos seres, es la primera vez que los observo y no encuentro casi nada sobre la etología de estos insectos así que lo dejaré en la identificación de la especie.


Mientras corría al atardecer por el sendero de arena todavía no muy suelta, pues había llovido los días precedentes, estos peculiares y brillantes escarabajos iban de un lado a otro dejando una huella en las dunas, una huella efímera, como la de mis tenis, como la duna misma, arena volante al capricho de los vientos.

Con sus paisajes despido la entrada.